SERGIO
TAFUR SÁNCHEZ
No es ningún secreto que los centros
inscritos en el Registro de Instituciones Arbitrales y Centros de
Administración de Juntas de Prevención y Resolución de Disputas (REGAJU) han tenido
que realizar una fuerte inyección económica para cumplir con todos los
requisitos exigidos por el OECE. Dicha inversión ha abarcado desde el
cumplimiento de exigencias formales hasta los costos asociados a la mano de
obra de personal.
Es así como el Centro logró su objetivo:
inscribirse en el REGAJU, se descorchó el champagne y tocó tirar la casa por la
ventana. Sin embargo, como suele ocurrir en toda fiesta descontrolada, la
resaca termina siendo el golpe más duro, y lo es aún más cuando la Institución
Arbitral pertenece a una economía pequeña o mediana. Entonces ¿cómo recuperarte
de la resaca?
Ha llamado la atención -y no poco- lo que
se viene especulando en los pasillos del Arbitraje: Algunos centros estarían
evaluando comenzar a cobrar a los árbitros y/o adjudicadores para inscribirse
en su nómina, o por la renovación de esta.
No debe perderse de vista que ciertos
Centros ya venían aplicando esta práctica, como ocurre con el Centro de
Arbitraje y Resolución de Disputas del Colegio de Ingenieros del Perú - CD
Lima. No obstante, sí toma por sorpresa que otros centros lo empiecen a poner
en práctica, aunque la idea en sí misma no resulte tan descabellada. Claro, lo
sería si mañana alguno de los “gigantes” (con más de 500 solicitudes de
arbitraje por mes) decidiera implementarla.
Como se indicó al inicio, la inscripción al
REGAJU ha implicado una inversión significativa, siendo -probablemente- los
gastos más elevados aquellos vinculados a la mano de obra y la obtención de
certificaciones ISO en gestión de calidad y antisoborno. La recopilación y
ordenamiento de la documentación para acreditar experiencia, el envío de
comunicaciones a la nómina de árbitros, la revisión de la misma, así como el
diseño de una página web transparente y acorde a las exigencias que se les
requerían, entre otras gestiones, demandaron un trabajo humano considerable. Es
a todas luces evidente que tales tareas no podían ser asumidas por una sola
persona -ni siquiera por dos-, lo que hizo imprescindible contar con mayor mano
de obra, debidamente remunerada.
Ahora bien, ¿esa inversión necesariamente
tiene que recuperarse mediante el cobro a los árbitros y/o adjudicadores de una
suerte de “ticket de entrada” para formar parte del Centro? Porque esa
inversión bien se podría recuperar con los arbitrajes que ingresen (aunque no
se trata de una afirmación categórica ni verificable). Al final del día, la
respuesta la tienen los propios Centros Arbitrales.
Se señala que esta nueva práctica ha
generado sorpresa porque podría implicar una desnaturalización de lo que
tradicionalmente son los Centros de Arbitraje. Si bien ello no está explícito
en el papel, la idea de una Institución Arbitral siempre ha sido asociada a un
principio de exclusividad. Como en un equipo de fútbol, para que tu Centro sea
reconocido necesitas de grandes figuras; en este caso, letrados e ingenieros
reconocidos con trayectoria y prestigio. Para lo cual, se tenía que
convocarles, y es esa carta de invitación donde nace la exclusividad de decirle
a un abogado/ingeniero: “Quiero que formes parte de mi centro porque de
entre miles, te he elegido a ti”.
Si ahora el modelo va a cambiar, como ya se
viene vislumbrando, esa exclusividad va a desaparecer. Bastaría con contar con
los recursos económicos suficientes para pagar la suma exigida por la
Institución Arbitral -sea esta irrisoria o considerable-, además de cumplir con
otros aspectos como tener especializaciones o experiencia, dejando de lado la
calidad. Con lo cual resulta inevitable preguntarse ¿cuál será entonces el
diferencial en un Centro frente a otro? ¿Qué elemento permitirá distinguir a
uno como mejor o más confiable que los demás?
La reflexión filosófica termina en una
verdad indudable, y es que las Instituciones Arbitrales son al fin y al cabo
empresas, y tienen pleno derecho de generar ingresos. Si han invertido, no ha
sido por amor al arte, es porque toda inversión tiene que retornar y funcionar.
Sin embargo, ello no puede implicar que se pierda el norte de cuidar el
Arbitraje y, sobre todo, la dignidad y honorabilidad de quienes lo ejercen.

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