sábado, 28 de febrero de 2026

La resaca del REGAJU

SERGIO TAFUR SÁNCHEZ

No es ningún secreto que los centros inscritos en el Registro de Instituciones Arbitrales y Centros de Administración de Juntas de Prevención y Resolución de Disputas (REGAJU) han tenido que realizar una fuerte inyección económica para cumplir con todos los requisitos exigidos por el OECE. Dicha inversión ha abarcado desde el cumplimiento de exigencias formales hasta los costos asociados a la mano de obra de personal.

Es así como el Centro logró su objetivo: inscribirse en el REGAJU, se descorchó el champagne y tocó tirar la casa por la ventana. Sin embargo, como suele ocurrir en toda fiesta descontrolada, la resaca termina siendo el golpe más duro, y lo es aún más cuando la Institución Arbitral pertenece a una economía pequeña o mediana. Entonces ¿cómo recuperarte de la resaca?

Ha llamado la atención -y no poco- lo que se viene especulando en los pasillos del Arbitraje: Algunos centros estarían evaluando comenzar a cobrar a los árbitros y/o adjudicadores para inscribirse en su nómina, o por la renovación de esta.

No debe perderse de vista que ciertos Centros ya venían aplicando esta práctica, como ocurre con el Centro de Arbitraje y Resolución de Disputas del Colegio de Ingenieros del Perú - CD Lima. No obstante, sí toma por sorpresa que otros centros lo empiecen a poner en práctica, aunque la idea en sí misma no resulte tan descabellada. Claro, lo sería si mañana alguno de los “gigantes” (con más de 500 solicitudes de arbitraje por mes) decidiera implementarla.

Como se indicó al inicio, la inscripción al REGAJU ha implicado una inversión significativa, siendo -probablemente- los gastos más elevados aquellos vinculados a la mano de obra y la obtención de certificaciones ISO en gestión de calidad y antisoborno. La recopilación y ordenamiento de la documentación para acreditar experiencia, el envío de comunicaciones a la nómina de árbitros, la revisión de la misma, así como el diseño de una página web transparente y acorde a las exigencias que se les requerían, entre otras gestiones, demandaron un trabajo humano considerable. Es a todas luces evidente que tales tareas no podían ser asumidas por una sola persona -ni siquiera por dos-, lo que hizo imprescindible contar con mayor mano de obra, debidamente remunerada.

Ahora bien, ¿esa inversión necesariamente tiene que recuperarse mediante el cobro a los árbitros y/o adjudicadores de una suerte de “ticket de entrada” para formar parte del Centro? Porque esa inversión bien se podría recuperar con los arbitrajes que ingresen (aunque no se trata de una afirmación categórica ni verificable). Al final del día, la respuesta la tienen los propios Centros Arbitrales.

Se señala que esta nueva práctica ha generado sorpresa porque podría implicar una desnaturalización de lo que tradicionalmente son los Centros de Arbitraje. Si bien ello no está explícito en el papel, la idea de una Institución Arbitral siempre ha sido asociada a un principio de exclusividad. Como en un equipo de fútbol, para que tu Centro sea reconocido necesitas de grandes figuras; en este caso, letrados e ingenieros reconocidos con trayectoria y prestigio. Para lo cual, se tenía que convocarles, y es esa carta de invitación donde nace la exclusividad de decirle a un abogado/ingeniero: “Quiero que formes parte de mi centro porque de entre miles, te he elegido a ti”.

Si ahora el modelo va a cambiar, como ya se viene vislumbrando, esa exclusividad va a desaparecer. Bastaría con contar con los recursos económicos suficientes para pagar la suma exigida por la Institución Arbitral -sea esta irrisoria o considerable-, además de cumplir con otros aspectos como tener especializaciones o experiencia, dejando de lado la calidad. Con lo cual resulta inevitable preguntarse ¿cuál será entonces el diferencial en un Centro frente a otro? ¿Qué elemento permitirá distinguir a uno como mejor o más confiable que los demás?

La reflexión filosófica termina en una verdad indudable, y es que las Instituciones Arbitrales son al fin y al cabo empresas, y tienen pleno derecho de generar ingresos. Si han invertido, no ha sido por amor al arte, es porque toda inversión tiene que retornar y funcionar. Sin embargo, ello no puede implicar que se pierda el norte de cuidar el Arbitraje y, sobre todo, la dignidad y honorabilidad de quienes lo ejercen.

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